INTRODUCCIÓN
Toda persona que se inicie en el aprendizaje laparos-cópico,
y una vez familiarizado con el conocimiento y
manejo de los equipos e instrumental propios de este
tipo de técnicas, debe proseguir con el aprendizaje de
la técnica de obtención del neumoperitoneo.
La correcta visualización y exposición del área quirúr-gica
es una necesidad fundamental en cualquier tipo
de cirugía, de forma que en cirugía laparoscópica la
cavidad abdominal simboliza un espacio cerrado que
es preciso distender para crear el área de trabajo
donde reconocer las estructuras orgánicas y poder
maniobrar adecuadamente con el instrumental lapa-roscópico.
Fundamentalmente la distensión de la cavidad abdo-minal
se puede conseguir mediante dos métodos: el
más extensamente aprovechado es la instilación de un
gas en su interior, si bien es posible realizar la suspen-sión
de la pared abdominal mediante técnicas de trac-ción
o la combinación de ambas; neumoperitoneo a
baja presión y tracción de la pared abdominal, de
i n t e rés en aquellas circunstancias que supongan un
riesgo para el paciente el empleo de una pre s i ó n
intraabdominal elevada.
La presión que se recomienda emplear viene determi-nada
por distintos factores como son el estado del
paciente y las repercusiones respiratorias y circulato-rias
que supone el empleo de neumoperitoneo en este
tipo de pacientes. Se aconseja emplear presiones de
insuflación bajas, siempre y cuando permitan una
visión completa de la cavidad y autoricen la apropia-da
movilidad del instrumental laparoscópico. En
pequeños animales se aconsejan presiones entre 12 y
14 mm de Hg, siempre y cuando no se empleen siste-mas
de tracción de la pared abdominal.
P resentamos en este artículo las maniobras básicas
para la obtención del neumoperitoneo, y aunque la
experiencia nos dictará la rutina que es preciso seguir,
una vez familiarizados con las maniobras no hemos
de abandonar nuestra conducta con el fin de evitar
complicaciones debido a una incorrecta técnica de
inserción.
SISTEMA DE INSUFLACIÓN
Para la obtención del neumoperitoneo se emplean los
insufladores que introducen el gas elegido a través de
los sistemas de punción o de los sistemas de acceso
laparoscópico a cavidad abdominal (trócares).
Los primeros sistemas de insuflación empleados fue-ron
manuales, como la pera de Richardson, que apro-vechaban
el aire ambiental para establecer el neumo-peritoneo.
Independientemente del tipo de insuflador elegido
e n t re los diferentes modelos existentes, el equipo,
e n t re otras características, debe pro p o rcionar una
información clara y rápida de la presión intraabdomi-nal,
el flujo de gas entrante y el volumen de gasempleado así como el volumen de gas que nos queda
en la bombona. Los insufladores vienen equipados
además con un sistema que mantiene constante la
presión intraabdominal en un valor prefijado en mm
de Hg, instilando gas cuando disminuye este valor y
cortando el flujo cuando se mantiene la presión prefi-jada
(Fig.1).
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Disponen también de una alerta acústica para avisar
de una anomalía en el sistema como puede ser un
aumento de la presión intraabdominal máxima prefi-jada,
en casos en los que se comprime la pared abdo-minal,
obstrucción del paso de gas por los conductos,
inserción incorrecta de la aguja de neumoperitoneo, o
falta de gas en la bombona reservorio.
Es necesario durante la laparoscopia controlar perió-dicamente
los valores que indica el insuflador, con lo
cual la disposición de este será tal que permita al ciru-jano
su fácil lectura.
En la actualidad se encuentran disponibles comerc i a l-mente
insufladores que están provistos de sistemas de
calentamiento del gas, con lo cual se previene la pérd i-da
de temperatura corporal en el paciente y el empa-ñamiento
de las ópticas. De igual manera, mediante
sistemas de circuito cerrado, es posible que el insufla-dor
renueve periódicamente el gas retirando los
humos y vapores originados del empleo de los equi-pos
de electrocoagulación en cirugía laparo s c ó p i c a .
GASES
El gas ideal para crear el neumoperitoneo debe cum-plir
una serie de requisitos como son
(5)
: no ser tóxico
ni inflamable, barato, de rápida y fácil excreción vía
respiratoria y que en caso de embolia accidental sea
de buen pronóstico.
Tradicionalmente se han apro v e c h a d o
distintos gases o mezclas de ellos para
llevar a cabo la obtención del neumo-peritoneo.
Entre los diferentes gases
destacamos los siguientes
(4)
:
Aire ambiental. Fue el primer gas en
emplearse ya que es fácilmente accesible
y económico, poco inflamable y poco irri-tante.
Por el contrario posee tres inconve-nientes
que lo desaconsejan para su uso
en la actualidad: en casos de embolia
gaseosa su pronóstico es peor que el del
C O 2 , su re a b s o rción es lenta y en combi-nación
con los equipos de diatermia puede provocar su
combustión debido al alto porcentaje en oxígeno.
Oxígeno. De re a b s o rción rápida y poco irritante pero
con el gran inconveniente de que no se puede emplear
en presencia de equipos de diatermia ni láser, por lo
que su uso se restringe a laparoscopias diagnósticas.
Óxido nitroso. Este gas es fácilmente reabsorbible y
no irritante para el peritoneo. El riesgo de su empleo
radica en la gravedad de las embolias por él provoca-das
y en que tiende a acumularse en cavidades orgá-nicas
provocando su distensión.
Dióxido de carbono. Es el agente más utilizado en la
realización del neumoperitoneo debido a sus caracterís-ticas;
ya que es barato, anticomburente, altamente solu-ble
en sangre, de rápida excreción vía respiratoria y el de
mejor pronóstico en caso de embolia gaseosa accidental.
Un efecto adverso del C O 2 se produce en pacientes con
enfermedades card i o r respiratorias, puesto que una rápi-da
absorción del mismo puede provocar hiperc a p n i a ,
aunque este efecto es controlable modificando adecua-damente
los parámetros ventilatorios del animal
( 4 )
.
Helio. De uso poco extendido, su ventaja primordial
es que al ser un gas inerte no provoca alteraciones
metabólicas como el C O 2 , pero no se dispone de equi-pos
que permitan monitorizar sus efectos en el orga-nismo
y es de peor pronóstico que el C O 2 en casos de
embolismo gaseoso accidental.
TÉCNICA DE NEUMOPERITONEO
PREPARACION DEL PACIENTE
Antes de la intervención laparoscópica, se mantiene al
animal en un período de ayunas de 24 horas y se le re t i r a
Fig. 1. Insuflador electrónico de CO2 .
el agua en las horas previas a la interven-ción.
Se procede a la tranquilización y al
rasurado de la región abdominal, desde la
apófisis xifoides del esternón hasta el pubis.
Tras la inducción y el posterior manteni-miento
de l a anestesia, el paciente se
coloca en decúbito dorsal, aprovechando
para llevar a cabo el sondaje gástrico y
vesical del animal, maniobras que incre-mentan
la visión de la cavidad abdomi-nal
y disminuyen el riesgo de punciones
viscerales inadvertidas.
Posteriormente se aplica un antiséptico
tópico en el área abdominal, situando los
paños de campo estériles que dejarán
l i b re la zona de emplazamiento de las
puertas de acceso laparoscópico.
INSTRUMENTAL Y LOCALIZACIÓN DE LA PUNCIÓN
Antes de decidir el lugar de punción para establecer
el neumoperitoneo es necesario explorar la pare d
abdominal externamente en busca de cicatrices de
intervenciones previas o masas intraabdominales
( 1 )
.
En caso de duda o presencia de alguna anomalía
durante la palpación, llevaremos a cabo la ecografía
abdominal de las áreas sospechosas, y durante la
colocación de los tro c a res intentaremos alejarnos lo
más posible de las anomalías encontradas.
Técnica cerrada. La aguja de neumoperitoneo es una
variación más segura de la clásica aguja de Ve re s s ,
que presenta un vástago protector retráctil similar al
de los tró c a res, el cual sobresale al extremo cortante
cuando no hay oposición de los tejidos, así como un
indicador que nos muestra que la aguja atraviesa las
distintas capas del paciente
( 7 )
. Antes del empleo se
c o m p rueba manualmente el correcto funcionamiento
del resorte retráctil así como la permeabilidad de la
aguja al paso de aire y líquidos.
En el caso de nuestros animales domésticos, la aguja
se suele introducir con un ángulo de 45º por debajo
del apófisis xifoides y lateral a la línea media abdomi-nal
(Fig.2), con lo que evitamos el ligamento falcifor-me
y los vasos epigástricos craneales. Esta es la zona
que permite una mayor distancia entre la pared y los
ó rganos abdominales que con mayor frecuencia se
lesionan durante la entrada de la aguja de neumoperi-toneo
y el primer trocar (hígado, bazo y estómago). Si
no es posible en esta localización se intentará introdu-cir
la aguja en la región periumbilical (Fig.2).
Para conseguir una correcta inserción de la aguja de
neumoperitoneo, recomendamos seguir de forma
ordenada los siguientes pasos rutinarios (Fig.3):
• Inicialmente se recomienda calcular el grosor de la
pared abdominal a atravesar. Esta medida nos per-mite
sujetar la aguja a la distancia correcta para
que podamos utilizar la mano como tope durante
la inserción.
• La elevación de la pared abdominal mediante una
ligera tracción aumentará la distancia entre ésta y
las vísceras abdominales. No obstante, esta manio-bra
puede provocar una insuflación retroperitone-al
con los consiguientes problemas de enfisema,
por lo que debe evitarse una tracción vigorosa.
• Es preciso habituarse a detectar el paso de la
aguja por las distintas capas de la pared, ya que
cuando se supera la vaina del músculo recto del
abdomen se escucha un chasquido característico
del resorte de seguridad.
• Se puede ayudar a la introducción de la aguja con
un corte en la piel del paciente, con el fin de con-trolar
mejor la fuerza a realizar y evitar el paso de
la aguja a través de la piel.
Para determinar la apropiada inserción de la aguja de
neumoperitoneo dentro de la cavidad abdominal, es
posible realizar distintas maniobras que determinen
su correcta ubicación
( 1 )
. Entre estas maniobras destaca-mos
las siguientes:
• Acoplar una jeringa con suero a la conexión Luer de
la aguja de neumoperitoneo, y a continuación se ins-tilar
suero a través de la misma observando si fluye
sin resistencia. Seguidamente se procede a aspirar
con la jeringa, de forma que si recuperamos el suero
denotaría una incorrecta inserción de la aguja(Fig.4).
• Del mismo modo, durante la aspiración es posible
retirar sangre u otros fluidos (contenidos gástricos,
biliares, etc.), que determinarían una rápida retira-da
de la aguja y la valoración de una nueva inser-ción
en otro lugar.
• Una variante de este método consiste en depositar
en la conexión Luer de la aguja unas gotas de suero ,
para que tras abrir la llave de la aguja el suero se
difunda hasta el abdomen por gravedad(Fig. 5).
• Otra posibilidad consiste en conectar el insuflador
e instilar C O 2 a través de la aguja, de forma que si
no se ha logrado atravesar todas las capas de la
pared aumentará mucho la presión tras introducir
un volumen muy bajo, ya que estaremos insuflan-do
un espacio muy pequeño.
Cuando la comprobación nos indique que la posición
de la aguja es incorrecta o tengamos dudas sobre la
correcta colocación, repetiremos la introducción de la
aguja en otro lugar adyacente, a no ser que al aspirar
fluya gran cantidad de sangre que nos indicaría el
posible daño de un vaso, debiendo valorar la realiza-ción
de una laparotomía de urgencia para llevar a
cabo la hemostasia. Cuando el contenido aspirado es
intestinal o sanguinolento pero en pequeña cantidad,
se varía la posición de la aguja y al introducir la ópti-ca
se explora cuidadosamente el área sangrante.
Técnica abierta. Es empleada de manera rutinaria por
gran cantidad de cirujanos ya que aporta una gran
seguridad al disminuir el riesgo de lesión vascular,
enfisema omental y embolismo gaseoso. La ventaja con
respecto a la anterior técnica es que el acceso se re a l i z a
de manera inequívoca antes de la insuflación(6).
En los años 70, Hasson desarrolló una modificación
de la cánula laparoscópica para realizar una laparos-copia
abierta. Este trocar est á diseñado para su
empleo en pacientes donde se sospecha de adhere n-cias
o en aquellos pacientes que han sufrido interven-ciones
previas. A diferencia del resto de trócares lapa-roscópi
cos, el trocar de Hasson di spone de un
extremo romo y se fija mediante puntos de sutura a la
piel del paciente.
Para su inserción precisa de una pequeña laparo t o-mía,
por ejemplo, en la región periumbilical (4-5 cm) y
localizar el peritoneo que es abierto para permitir la
introducción del trocar de Hasson a cavidad abdomi-nal,
fijándolo mediante sutura a la piel. La incisión en
peritoneo debe ajustarse al tro c a r, si no tendre m o s
como consecuencia una continua fuga de gas.
Una vez creada la vía para el neumo-peritoneo,
bien con la aguja de neu-moperitoneo
o bien con el trocar de
Hasson, se conecta el insuflador a la
aguja o trocar y se introduce el gas
lentamente, comenzando con flujo
bajo de 1litro/minuto y prefijando la
p resión máxima entre 12-14 mm Hg,
para aumentar el flujo una vez alcan-zada
la presión fijada (10 litros/minu-to).
Con los insufladores electró n i c o s
se mantendrá la presión constante
durante toda la intervención reducién-dose
la frecuencia de apari ción de
arritmias cardíacas debidas a la entra-da
rápida de CO 2 .
Es importante asegurarse de que el
gas difunde correctamente por la cavi-dad
abdominal, observando la sime-tría
cavidad y que no existen pérdidas ni cual-quier
cual-quier
otra anomalía que nos indiquen una incorrecta
perfusión del gas.
Debemos vigilar los parámetros del insuflador y
observar que no hay caídas del flujo junto a aumentos
de presión (formación de una cavidad), sobre todo si
no hemos apreciado de forma manual la formación de
una burbuja abdominal.
La palpación abdominal tras la entrada de gas puede
revelar crepitación o falta de sonido timpánico re l a-cionados
con la presencia de enfisema o relleno cavi-tario
incorrecto.
La insuflación de la cavidad abdominal se considera
finalizada cuando el flujo de gas entrante se detiene y
el abdomen se distiende de forma simétrica, alcanzan-do
la presión fijada inicialmente.
INTRODUCCIÓN DE LOS TROCARES LAPAROSCÓPICOS
Obtenido el neumoperitoneo, seguidamente procede-mos
a la colocación de las distintas puertas de acceso
l a p a roscópico. La inserción del primer trocar pode-mos
practicarla en la región periumbilical –depen-diendo
de la intervención a practicar-, apro x i m a d a-mente
a 2 cm de la línea media abdominal.
Antes de la inserción de los tró c a res se practica una
incisión en la piel, disecando el tejido subcutáneo
para facilitar la entrada de los mismos. La incisión
debe coincidir con el diámetro del trocar a emplear.
Para su inserción se realiza una presión con la punta
del trocar, introduciéndolo con golpes cortos y en sen-tido
oblicuo, hasta que se nota un chasquido del
resorte de seguridad
( 2
), retirando a continuación la
parte cortante y fijándolo mediante roscado, pro p o r-cionando
los efectos deseados de fijar el trocar a los
tejidos circundantes y evitar la pérdida de neumope-ritoneo
a través de la herida de entrada del tro c a r
(Fig.6).
La llave situada en la parte proximal del trocar posibi-lita
la instilación de cualquier sustancia (gas, líquidos,
etc.), y del mismo modo, una válvula automática
evita la pérdida de neumoperitoneo en el momento
de extraer la parte cortante del trocar, el instrumental
o el laparoscopio.
Es a partir de este momento cuando estamos en dis-posición
de emprender la exploración laparo s c ó p i c a
de la cavidad abdominal, de la zona de inserción de la
aguja de neumoperitoneo y de las áreas adyacentes a
la entrada de la aguja.
Para ello introducimos a través del trocar el laparo s-copio,
previa realizaci ón del balance de blancos
para conseguir una visión lo más real posible de los
c o l o res. La primera zona a explorar es el área de
entrada de la aguja de neumoperitoneo. Después
visualizamos el cuadrante superior del abdomen
(diafragma) y siguiendo con el movimiento de las
agujas del reloj desplazamos la óptica por toda la
cavidad. La exploración termina al llegar al punto
donde se comenzó, completando una circ u n f e re n c i a
de 360º (Fig. 7).
Los movimientos del instrumental dentro de la cavi-dad
abdominal deben ser siempre guiados por la
óptica y ésta debe manejarse con suavidad.
ELEVADORES DE PARED
Su uso es frecuente en pacientes con alteraciones car-d
i o r respiratorias, ya que el CO 2 p rovoca un aumento de
la presión venosa central y de la presión arterial sisté-mica
y promueve la aparición de arritmias card í a c a s
( 1 )
.
El empleo de elevadores de pared abdominal combinado
con insuflación de gas a baja presión (4-6 mm de Hg), es
la mejor vía para crear la cavidad de trabajo en ciru g í a
l a p a roscópica en aquellos pacientes en los que el neumo-peritoneo
con presiones altas esté contraindicado.
La mayoría de re t r a c t o res de la pared se intro d u c e n
antes de realizar el neumoperitoneo, y una vez colocados en la pared, se libera el C O 2 y desaparece el
neumoperitoneo. El manejo de esos ganchos es de
alto riesgo por la posibilidad que existe de dañar las
vísceras abdominales durante su inserción y retirada.
Se pueden practicar técnicas mixtas de intro d u c c i ó n
de retractores de pared y neumoperitoneo a baja pre-sión
(6mm de Hg), con lo que se reducirían los efectos
hemodinámicos adversos relacionados con el empleo
de neumoperitoneo con una mayor presión.
EFECTOS ADVERSOS DE LA TÉCNICA DEL
NEUMOPERITONEO SOBRE EL ORGANISMO
A.- Debidos al CO2(3)
• Este gas causa un cierto grado de vasodilatación,
que en pacientes de mayor edad o deshidratados
puede provocar una ligera hipotensión.
• La absorción del C O 2 induce una disminución del
pH arterial, que debe tenerse en cuenta en casos de
enfermedad pulmonar obstructiva crónica, por la
dificultad inherente al intercambio gaseoso en
estos animales.
B.- Debidos a la inserción de los trócares(3).
• Hemorragia en la zona de inserción. Si no es excesiva
se puede controlar con el propio tro c a r, ajustando la
rosca con mayor presión, o bien cambiando a un tro-car
de mayor diámetro. Si el sangrado continúa hay
que localizar los vasos y proceder a su hemostasia.
• Enfisema subcutáneo. La mayoría de los casos se
resuelven espontáneamente. Si el enfisema aparece
tan sólo en torno a los trocares, podemos conside-rar
bajar ligeramente la presión de neumoperito-neo
a la que estamos trabajando.
• Accidente vascular grave. Si al introducir el tro c a r
o la aguja de insuflación recuperamos sangre, o
bien se aprecia la existencia de hemorragia masiva,
p r a c t i c a remos una laparotomía de urgencia para
detener la hemorragia y reparar los vasos dañados.
• Embolia gaseosa. Si bien es una de las complicacio-nes
más raras, también es de las más graves, por lo
que es importante conocer las medidas a tomar en
caso de que se produzca, y que comprenden el masa-je
cardiaco externo, para romper las burbujas de gas
en otras más pequeñas y por tanto de menores efec-tos
hemodinámicos y la colocación del paciente en
decúbito lateral izquierdo, con los cuartos trasero s
elevados, para ayudar a expulsar el gas hacia el ven-trículo
derecho, de donde puede ser aspirado el gas
mediante el uso de un catéter venoso central.
C.- Otros.
• O t ro posible efecto adverso del neumoperitoneo,
especialmente en pacientes con problemas re s p i r a t o-rios,
es la dificultad que el aumento de presión intra-abdominal
produce para la correcta oxigenación de
la sangre
( 5 )
, por lo que vigilaremos el color de las
mucosas y si fuera necesario facilitaremos inspira-ciones
forzadas que contrarresten la hiperc a p n i a .
• La elevada presión en el interior de la cavidad abdo-minal
puede tener efectos sobre la circulación sisté-mica,
causando aumentos de la presión sanguínea y
t a q u i c a rdia, si bien si nos mantenemos por debajo de
los 20 mm de Hg no habrá pro b l e m a s
( 5 )
. Además, el
efecto directo de esta presión sobre los vasos situa-dos
en la cavidad puede comprometer la corre c t a
oxigenación hepática, renal y del tracto gastro i n t e s t i-nal,
a la vez que dificulta el correcto retorno venoso
de las extremidades posteriores. Por esto es impor-tante
limitar lo más posible el tiempo de duración
del neumoperitoneo, intentando siempre trabajar a la
mínima presión intraabdominal que nos permita
completar el procedimiento laparo s c ó p i c o .
• Al igual que sucede en cirugía convencional, en
algunos casos puede aparecer un íleo paralítico
postoperatorio, si bien en cirugía laparoscópica su
incidencia parece ser menor
(5)
.
BIBLIOGRAFÍA
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